Calasparra vuelve a demostrar, un año más, por qué su feria se ha ganado fama de ser la cita de novilladas más exigente del calendario. La localidad murciana celebra estos días la XXXV edición de su Feria Taurina del Arroz, un ciclo que desde hace más de tres décadas reúne a lo mejor de la cantera novilleril en busca del trofeo ‘Espiga de Oro’, y que este año ha querido combinar a los triunfadores de la temporada con nombres que ya dejaron huella en ediciones pasadas. No en vano, desde el propio Ayuntamiento se ha repetido estos días que se trata de «la mejor feria de novilladas del panorama español», una etiqueta que el ganado se encarga de poner a prueba festejo tras festejo.
La de este sábado, tercera tarde del abono, tenía además un aliciente especial para la afición local: el debut en la plaza de Calasparra de Cristóbal Ramos ‘Parrita’, novillero murciano llamado a hacer gala de su buena forma ante su próximo compromiso en la Feria de Murcia. Los tres se las vieron con un encierro de Raso de Portillo que, presentación aparte, se mostró todo lo torista que promete el cartel de esta feria: bravo en apariencia, pero de embestidas dudosas y genio complicado, de esos que hacen sudar tinta a cualquier cuadrilla.
Y en ese contexto, Parrita fue el único que logró sacarle partido a la tarde. Se anduvo con soltura en el capote de recibo, y ya con la muleta, pese a que el aire no dejaba de molestar, fue a más: ligó una tanda de muletazos de mucho mérito, templando por abajo con una mano de mando notable, y remató con una entera que bastó para pedir y cortar la única oreja de la jornada. Fue un espejismo, porque en su segundo el encierro le devolvió toda la dureza que había prometido: un novillo peligroso en banderillas que convirtió su segunda actuación en un trámite del que el murciano salió sin premio y entre pitos, deseoso de que el capítulo se cerrara cuanto antes.
David López firmó una tarde de más a menos. Con el segundo de la tarde supo pedir el cambio de suerte en el caballo con acierto, y aunque no terminó de entenderse con una embestida que en algún momento le llegó a enganchar de forma aparatosa, sostuvo el tipo y se llevó una ovación con saludos por su entrega. La cosa se torció en el quinto: un novillo serio, sin fuelle para el lucimiento, al que no pudo cuadrar con el acero pese a insistir con la espada en varias ocasiones, alargando innecesariamente la suerte final. El público, paciente al principio, terminó por pedir que aquello acabara cuanto antes; llegaron los avisos y el silencio fue la única sentencia posible.
A Antolín Jiménez la tarde tampoco le sonrió. En el tercero dejó que el castigo se pasara de la raya y no logró transmitir la confianza necesaria para dominar la lidia; salió del paso, eso sí, con el respeto de un tendido que entendió las dificultades del envite. Le tocó cerrar plaza con un sexto muy apagado, del que apenas pudo sacar algún muletazo suelto antes de que el acero certificara, una vez más, que aquella tarde no estaba hecha para lucirse. Dos silencios que resumen bien lo poco que dio de sí su lote.
Con este resultado, la feria de Calasparra sigue fiel a su guion: pocas concesiones, ganado de genio y triunfadores a cuentagotas, justo lo que la convierte, temporada tras temporada, en una de las piedras de toque más respetadas del escalafón novilleril. La cita continúa este domingo con uno de los carteles más esperados del ciclo: el desafío ganadero entre Prieto de la Cal y Partido de Resina, con la actuación de los novilleros/banderilleros, Joao D’Alva, Mariscal Ruiz y Joaquín Caro.
























